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¿Hacia dónde vamos?
 
Estamos en un presente muy breve, recodamos un pasado, certísimo, pero que ya no existe y aspiramos a un futuro, que se cobija entre las nubes de lo incierto y lo posible, pues la vida no para en su andar, se desliza cada vez más de prisa y el ser humano se deja arrastrar sin resistencia, pero ¿hacia dónde?

Las empresas buscan afanosamente, como meta última, optimar sus ventas e incrementar su producción, ganarle a la competencia y posicionarse cual campeón, mas dentro de ese torbellino, ese huracán de vientos en contra y a favor, se encuentra el ser humano, quien no cesa de luchar para sobrevivir, en esas fuertes corrientes que lo empujan de un lado a otro, con vientos de nuevas tecnologías, que lo atropellan todo al llegar, que tornan obsoleto lo que aún no ha vencido y sepultan los rastros de un despertar. En ese centro, está el hombre, a veces orientado, otras, perdido, algunas ocasiones motivado y otras, completamente rendido.

Asimismo, el hombre está supeditado a cumplir funciones en todos los órdenes de su vida, los cuales están entretejidos, y profundamente arraigados en su manera de pensar y actuar. El individuo, cual un consagrado actor, representa roles institucionalizados de acuerdo con la situación, el lugar y las circunstancias, encontrándose en la necesidad de ubicarse dentro de un estatus y representar disímiles actuaciones.

Cuando hacemos referencia a estatus, obviamente estamos hablando de clase categoría o nivel. Éste indica en qué punto del espacio social u organizacional se encuentra la persona en relación con otros.
En efecto, se puede observar como en las organizaciones, las relaciones se dan más entre estatus, que entre personas propiamente dichas. Se habla de gerente a gerente, de supervisor a supervisor, de director a gerentes y otros. En cambio, el rol hace referencia a las acciones que cumple ese individuo. Nos dice lo que hace la persona, expresa sus funciones.
No obstante el desconocimiento de estas categorías también genera confusión, especialmente en las instituciones cuyas normas, valores y políticas distan marcadamente de los valores de sus miembros, generando esto un caos organizacional, dado que una institución es una configuración de pautas de comportamientos, con una misión y visión, pero los hombres y mujeres que la conforman, generalmente tienen sus horizontes propios, y en ese ambiente, de carrera hacia la competitividad, no escapan dos elementos que mantienen al hombre al filo del estrés. Se trata del nivel de vida, versus la calidad de vida .

El término nivel de vida hace referencia al nivel de confort material, de comodidad que un individuo aspira o puede lograr obtener. Cuanto más posee, más quiere. La ambición pierde la perspectiva, el disfrute del trabajo pasa a un segundo plano o desaparece.

Esto comprende no solamente los bienes y servicios adquiridos individualmente, sino también los productos y servicios consumidos colectivamente, y en este aspecto juegan un papel fundamental los medios de comunicación masivos, con sus misiles de mensajes alienantes que conducen a un cambio de actitud en el individuo despertando en él el sentimiento
de posesión, riquezas, y el objetivo obtener más bienes, pues al parecer eso da categoría, respeto e influencia.

Por su parte, la calidad de vida está estrechamente vinculada con el bienestar, felicidad y satisfacción de una persona, que le otorga a ésta cierta capacidad de actuación, o sensación positiva de su vida. Su realización es muy subjetiva, dado que es la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de la cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus expectativas, sus normas, sus inquietudes.
Es evidente entonces, que el ser humano, casi sin percatarse, soslaya su calidad de vida, deja a un lado lo placentero de ser y estar, lo que sin duda alguna le resta magia, alegría y motivación a sus labores de trabajo y a su vida familiar. En consecuencia, sólo causa emoción aquello que deja una ganancia o un beneficio económico ¿y las otras satisfacciones? Sabrá Dios. Únicamente, al final de los días, cuando se acerca el ocaso, se da cabida a la reflexión, no obstante, casi siempre es un poco tarde.

El bienestar emocional representa la habilidad de controlar las emociones, es decir, sentirse cómodo. La gente que consistentemente tratan de mejorar su bienestar emocional tiende a disfrutar mejor la vida. Las características emocionales que propician el crecimiento y desarrollo adecuado en la vida emocional del ser humano incluyen la capacidad para controlar efectivamente el estrés negativo Las personas con un óptimo bienestar espiritual continuamente intentan ayudar a otros para que alcancen su potencial máximo. En definitiva, el hecho de tener nivel de vida, no necesariamente conduce a una calidad de vida. Es el hombre quien debe procurar fusionar estas dos concepciones, porque de qué vale aferrarse a un nivel de vida, cuando su calidad se deteriora cada día. No permitamos que el ego guíe nuestros pasos. Detengámonos a reflexionar.



Vianney Vallenilla

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otto zapata   2009-01-05
Excelente articulo.publiquen más de esta autora


Otto   2010-03-31
EXCELENTE ARTICULO. FELICITACIONES


wianney   2010-04-05
muy bueno, es un mensaje de ayuda y reflexiòn


 
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